Eloy Fernández Porta contra el esencialismo blockbuster: herramientas para una crítica de la concepción humanista de la relaciones humanas

 ADRIÁN SANTAMARÍA PÉREZ [1]

  

1. Introducción: El género ensayístico en Eloy Fernández Porta.

Las facetas de Eloy Fernández Porta (Barcelona, 1974), el que para muchos es un “pensador espectáculo” (de España, 2018), son múltiples y variadas: aparte de ser un ensayista, también es crítico de arte, performer (ha presentado varios de sus libros bajo la forma de spoken words, y bajo la prerrogativa de, entre otras cosas, hacer aún más corporal y encarnado aquello que escribe, aunque su prosa ya de por sí sea corporal, como más adelante tendremos la oportunidad de argumentar), actor y escritor de literatura de ficción. No obstante, en el presente texto el Eloy que más nos va a interesar es el referido a su producción teórica y ensayística. En este sentido, Fernández Porta es uno de los grandes cultivadores del género de este país. De él se ha dicho que si publicase en lengua inglesa, de hecho, sería tan o más citado que el pensador pop esloveno Slavoj Zizek, y no es en absoluto un juicio desacertado (Castro, 2015). Además, Eloy Fernández es uno de los mayores defensores de este formato dentro de España, no solo discursivamente sino también en un sentido práctico (ha colaborado, por ejemplo, activamente con el proyecto “D.Nuevo Ensayo. Encuentro con jóvenes ensayistas”) (CENDEAC, 2014). Su manera de concebirlo en términos generales sigue la estela de muchas de las grandes figuras de nuestro panorama intelectual, desde Remedios Zafra hasta Fernando Broncano, pasando por Jorge Riechmann. Para todos ellos el ensayo es un medio de posibilidades de encuentro: esto es, una forma de apostar por una escritura englobadora y acogedora, que no caiga en una jerga específica ni autorreferencial. El formato ensayo permite acoger puntos de vista y accesos a problemáticas de muy distinto calado, con lo que nos facilita la obligada tarea de no caer en la -parafraseando a Ortega- “barbarie del especialismo”. En síntesis: para todos ellos el género ensayo es sinónimo de la tan repetida pero tan poco encarnada palabra que es “interdisciplinariedad”. Si concretamos un poco más su concepción y nos acercamos a su trabajo particular del género hay que destacar que en Fernández Porta la mezcla y la hibridación no se da solo a la hora de documentarse e investigar (como ocurre, a su modo, en todos los autores mencionados), ni en aquello que está escribiendo, sino, también, y ello es determinante, en cómo lo escribe. Fernández Porta, al interior de sus ensayos, emplea todos los recursos retóricos y expresivos que tiene a su disposición, algo que no está tan o de ninguna forma presente en otros autores. En un mismo libro suyo nos podemos llegar a encontrar con: monólogos o soliloquios, cuestionarios, fragmentos autobiográficos, diálogos ficticios, exposiciones rigurosas y serias de tesis filosóficas o una respuesta igualmente seria a las mismas, enunciación de proposiciones à la Wittgenstein, definiciones y un largo etcétera.

Atendiendo a su trayectoria intelectual desde el punto de vista de su producción ensayística, podemos, como hace muy acertadamente Héctor Tarancón Royo, dividirla en dos grandes etapas: la primera de ellas comprendería desde Afterpop (Fernández Porta, 2007) hasta Homo Sampler (Fernández Porta, 2008) y la segunda abarcaría sus tres últimas obras, esto es, Eros (Fernández Porta, 2010), Emociónese así (Fernández Porta, 2012) y En la confidencia (Fernández Porta, 2018). ¿Cuál es el motivo que le lleva a distinguirlas al profesor Tarancón y a mí con él? Sin duda, y en resumidas cuentas, el cambio de orientación y de tono que se produce entre las obras mencionadas de los dos conjuntos. Podemos decirlo de la siguiente manera: aunque Eloy nunca ha estado despreocupado por cuestiones sociológicas, psicológicas y filosóficas, y en este sentido, en todas sus obras ha entrado en disputa con tesis de pensadores contemporáneos clásicos, también es verdad que al principio su orientación a la hora de escribir era más cercana a la crítica de arte. Será después, en sus tres últimas obras ya mencionadas, cuando la crítica cultural y el análisis de su presente pasen a un primer plano, en lo que será un análisis de las emociones al interior del capitalismo, o, en su última obra, del fenómeno de la confidencia (en todas ellas el denominador común vendría a ser un análisis de la subjetividad, como bien ha defendido su amigo, el escritor Agustín Fernández Mallo) (Fernández Mallo, 2018). En palabras del profesor Tarancón: “lo artístico queda en un segundo plano en beneficio de un análisis más profundo de la incisión del capitalismo en las emociones del individuo” (Tarancón Royo, 2015, p. 257). El ethos general, empero, siempre ha sido el mismo en todas sus obras, así como una de sus tesis metodológicas subyacente: que los productos artísticos han de ser un lugar obligado al que mirar si queremos dar cuenta de las dinámicas y los cambios que se están produciendo en la cultura del capitalismo avanzado.

Abundando un poco más en su producción intelectual, hay dos características adicionales que me gustaría traer a colación en lo tocante al género ensayo en Eloy Fernández, y así aprovechar para tratar de esclarecer algunas confusiones que suelen ser frecuentes cuando alguien se acerca a los textos de este pensador. La primera de ellas tiene que ver con el marcado tono humorístico de sus ensayos. ¿Por qué es tan importante el humor para Eloy Fernández Porta? Si tuviese que dar una respuesta sintética y directa diría lo siguiente, lo cual tiene que ver con lo que he sugerido en el primer párrafo al mencionar sus spoken words: por su corporalidad. Que un artefacto tan puritano, aséptico y culto (o quizá cultureta), como es un libro, desencadene algo tan fisiológico, primario y desmedido como la risa, es algo que el autor persigue y celebra. En este sentido, a Eloy Fernández Porta se le ha acusado (estoy pensando aquí en la entrada de Fernando Broncano en su blog sobre el ya citado libro Eros) (Broncano, 2010) de padecer algo así como coprolalia, esto es, de hablar en el lenguaje más bajo y chabacano posible en una época en la que -parafraseo- ya nadie cree en el lenguaje. No sé hasta qué punto el profesor Broncano señala este aspecto en forma de crítica o de forma despectiva (si me preguntan, yo creo que en ninguna de los dos: más bien sería algo así como escéptica) pero el caso es que Fernández Porta es muy consciente del empleo de los términos que él maneja y, en ese sentido, nunca actúa como un bufón cuyo fin último sea divertirnos por divertirnos. El humor tiene en el pensador barcelonés un fin, no es que sea un fin en sí mismo: es importante que ello le quede claro a cualquier potencial lector de su obra; es, por decirlo con otras palabras, una herramienta más (recuérdese lo dicho en líneas anteriores) que emplea activamente y que adapta a cada ocasión particular y casi siempre de forma afortunada. Un ejemplo de ello, de los que más me han gustado en su producción, más me han hecho reír y de los que, a su vez, más tienen que ver con cuestiones afines a las mías debido a mi formación profesional de filósofo, es la entrevista ficticia que en su libro Eros plantea entre un periodista y el doble correspondiente del famoso pensador contemporáneo Erich Fromm a propósito de su nuevo e igualmente ficticio libro: El arte de mamar (Fernández Porta, 2010). La entrevista, en mi opinión, tiene un objetivo muy marcado: distanciar al lector de la defensa del valor de la lectura por la lectura (como si con ella, de repente, cualquier persona adquiriese cualidades excelsas, algo a lo que Eloy Fernández Porta ataca inmediatamente antes del fragmento de texto que estoy reseñando);  exponer, indirectamente, mediante la caricatura, cuál fue el motivo principal por el que Erich Fromm acabó saliendo de la Escuela de Frankfurt (esto es, porque creía que los problemas que exhibía el psicoanálisis se podía solucionar bajo el capitalismo) y, en definitiva, mostrar cómo el psicoanálisis contribuyó a impulsar el capitalismo emocional en el que actualmente vivimos y que más adelante definiremos.

No puedo dejar de advertir algo que aunque se derive de lo que ya he expuesto precisa de ser subrayado. Que Eloy Fernández Porta emplee en prácticamente todos sus textos, en mayor o menor medida y en diferente forma, el humor, no quiere decir que su producción o sus ideas sean fáciles de seguir. ¡Nada más lejos de la realidad, así que tengan cuidado! Recordemos: No es lo mismo emplear tonos humorísticos y caricaturescos que trivializar. El humor para Fernández Porta es algo muy serio. En este sentido, lo primero, el humor, ténganlo claro que lo encontrarán en sus libros; lo segundo, la banalización, sin embargo, solo si lo leen de forma poco cautelosa o atenta creerán hallarlo. Eloy Fernández Porta es como IKEA: si crees que uno de los dos, él o tú, está cometiendo un error, desde que le falte un tornillo a la cómoda MALM hasta no decir absolutamente nada, más vale que revises tus creencias porque seguramente seas tú el que estés errando en tu juicio. No puedo dejar de hacer una confesión a este respecto: mi primer acceso a Eloy Fernández Porta fue a través de una de sus obras más cercanas en el tiempo: Emociónese así. Efectivamente, me divertí mucho, y no era para menos. Ahora bien, de primeras, entender, lo que se dice entender, más bien poco, y ello me pasó por creer que la lectura iba a ser poco densa y, por lo tanto, por sobrevolar el libro sin detenerme demasiado y en profundidad en lo que decía. En su momento, no obstante, iluso de mí, no me percaté. Solo cuando me enfrenté a él por segunda vez para preparar la comunicación que presenté en el LV Congreso de Jóvenes Investigadores en Filosofía de Murcia e hice una lectura meticulosa me di cuenta de la carga y el cuidado que Fernández Porta despliega y demuestra en su escritura (algo que él mismo ha confesado en repetidas ocasiones, por cierto) (Filmolaboral, 2011). A día de hoy, no exagero, habré re-leído ese mismo libro más de seis veces, y aún me sigue sorprendiendo (algún paréntesis aclaratorio importante que hace que un tema adquiera un enfoque distinto, alguna frase kilométrica que por vaguería intelectual no había leído detenidamente, algún sorpresivo juego de palabras…) y dándome herramientas de pensamiento.

La segunda cuestión que me gustaría abordar, ya que también se han generado o se pueden llegar a generar confusiones en torno a ella, es en lo tocante al hilo conductor de cada uno de sus ensayos. ¿Es Fernández Porta un ensayista fragmentario? Soy de la opinión de que hay que dar una respuesta negativa a una pregunta como esta. Ello es por el siguiente motivo: Eloy Fernández, para dar cuenta de sus ensayos, suele apelar a la metáfora del cada vez más desusado CD musical. En concreto aquellos CDs cuyo contenido puede ser escuchado de forma discreta, canción por canción, pero que si se atiende a la totalidad de estas guardan una suerte de coherencia interna. Pues bien, los ensayos de Eloy Fernández Porta suelen funcionar de una manera parecida en su opinión y también en la mía. Uno puede, efectivamente, hacer varios modos de lectura de sus textos: Dos ejemplos de ello los encontramos en Emociónese así, libro para el cual el propio Eloy propone cuatro modos de lectura distintos (conceptual, consumista, conectada y emocional) (Fernández Porta, 2012); o en En la confidencia (Fernández Porta, 2018), en el cual uno puede saltarse los tramos autobiográficos que tiene el texto. Pero, si alguno de ellos se lee enteramente y se atiende a él como un todo, se descubrirán propiedades que de otra forma no podrían ser halladas. Así pues, lo que nos encontramos en los ensayos del pensador barcelonés es con un tema común sobre el que trabaja y que viene a ser aquello que le da coherencia, y ante el cual se dan muchos accesos de diferente tono y calado. Ahora bien, no se puede negar que aunque Eloy no sea fragmentario en su producción ensayística ésta no tenga aristas: efectivamente las tiene. Fernández Porta deja temas abiertos, asuntos pendientes, hilos sueltos… en definitiva, bombas de intuición que habrán de ser exploradas por sus potenciales lectores. Sus ensayos son caleidoscópicos y muchas veces pueden llegar a ser esquizofrénicos en este sentido, lo cual tiene que ver con cierta idea de lectura abierta que él mismo defiende.

Así las cosas, y como el objetivo último de este texto en el fondo es invitar a la lectura de Eloy Fernández Porta, así como dar ciertas herramientas para acercarse a su producción, me voy a centrar, de entre todas las idas y vueltas que da en sus escritos, en un aspecto en concreto de los mismos, quizá el más filosófico (si es que algo así existe). Quisiera, a continuación, en continuidad con lo que expuse en su momento en la comunicación del LV Congreso de Jóvenes Investigadores en Murcia, atender al Eloy más filosófico y sociológico y ver de qué manera se enfrenta a los autores y críticos sociales y culturales de las relaciones humanas taquilleros de los últimos tiempos. Este es un aspecto que, aunque no lo parezca, es central en su pensamiento. No en vano el cada vez menos joven filósofo Ernesto Castro en alguna ocasión ha reconocido que su percutivo y sugerente libro Contra la posmodernidad es deudor de sus reflexiones (Castro, 2011). Así pues, con todo lo expuesto, propongo que nos centremos en dos de los pensadores más famosos de la actualidad y les tomemos como caso (pensadores que, además, aparecieron en el panel cerrado en que participé, y que por tanto conozco más en profundidad): a saber, el recién fallecido Zygmunt Bauman y el pensador surcoreano de moda, Byung-Chul Han. En los siguientes párrafos trataremos de tematizar los grandes lugares a los que han acudido en sus reflexiones sobre el presente del capitalismo en relación con el sujeto, tratando de replicar cuál es el contenido, grosso modo, de sus análisis, así como el tono que suelen adoptar.

 

2. Caracterización de la perspectiva humanista de las relaciones humanas.

Antes de entrar en materia, me gustaría plantearles, adoptando el estilo del propio Eloy, un breve cuestionario, el cual quiero que tengan presente a lo largo del todo el texto. En concreto, me gustaría que cumpliesen con la comitiva de relacionar cada una de las oraciones que a continuación voy a citarles con su respectivo autor. Solo una opción, advierto, será la verdadera para cada caso Las oraciones son las que siguen:

 

a) “Detecto una falta de contacto cada vez mayor. ¿Dónde quedan los principios de humanidad?”. Opciones: 1) Leo Harlem, 2) Zygmunt Bauman, 3) Jorge Valdano.

b) “Somos solitarios en contacto permanente”. Opciones: 1) Byung-Chul Han, 2) Leo Harlem, 3) Zygmunt Bauman.  

c) “Nos cuesta encontrar referentes que defiendan sus ideas hasta las últimas consecuencias”. Opciones: 1) Jorge Valdano, 2) Ángel Gabilondo, 3) Zygmunt Bauman.

d) “Si identificamos la proliferación de noticias con que hay mucha comunicación nos equivocamos”. Opciones: 1) Ángel Gabilondo, 2) Leo Harlem, 3) Zygmunt Bauman.

e) “Escuchar es hoy una debilidad”. 1) Jorge Valdano, 2) Zygmunt Bauman, 3) Byung-Chul Han.

 

Al final del artículo hallarán las respuestas correctas. Aunque, me juego lo que quieran, seguramente les haya sido imposible saber a quién pertenece cada cita. Así sucedió la primera vez que propuse este pequeño experimento, en el contexto del panel cerrado al que ya he hecho alusión. Parece, por lo tanto, que hay un camino de ida y vuelta o una correa de transmisión entre algunos sociólogos y pensadores humanistas (“si es que se les puede llamar así”, nos diría el propio Eloy Fernández Porta) (Ernesto Castro, 2017) y los demás seres mundanos en algunos de nuestros momentos más catastrofistas. Este es el aspecto en el que, como ya he indicado, me voy a detener de la obra de Fernández Porta, ya que él da cuenta de esta situación, atendiendo a (y profundizando en) las críticas de nuestro presente exhibidas en el cuestionario, y pensando contra ellas. Cumpliendo lo que también he adelantado, a continuación propongo que dibujemos un escenario tentativo y provisional para ilustrar en mayor detalle cuál sería el análisis y cuáles las críticas de nuestro presente de los sociólogos y pensadores a los que Eloy Fernández Porta abiertamente se opone, así como el tono general de la formulación de las mismas. Hablemos, pues, provisionalmente, de la misma forma en que hablan estos filósofos.

Un buen primer acceso para cumplir con la mencionada tarea, en mi opinión, es a través de la noción de temporalidad. ¿Qué ocurre con el tiempo en los, nunca mejor dicho, tiempos del capitalismo avanzado? Es un hecho aceptado por todos y todas que nuestro modo de regirnos en nuestro día a día no está marcado o determinado por ciclos naturales; aunque no lo es tanto las consecuencias que ello tiene, consecuencias analizadas por el profesor Jorge Riechmann entre otros y de las cuales tengo la intención de hablar brevemente más adelante, en el último tramo del presente artículo. Si hacemos una formulación en positivo, podemos seguir en este punto al propio Eloy Fernández Porta y hablar de Tiempo o tecnológicamente producido (Fernández Porta, 2008). Son las dinámicas del capitalismo, en el sentido más amplio del término, las que determinan las diferentes experiencias de temporalidad y cómo han de ser vividas. En este sentido, no pocos pensadores han hablado de nuestra sociedad, no sin razón, como la sociedad de la aceleración (de ahí, creo, viene también un término harto conocido por todos y todas: a saber, el turbocapitalismo). Lo cual, de nuevo, tiene bastante sentido si se atiende a cuáles son los ritmos del capitalismo desde un punto de vista material y ecológico. La pregunta que debemos hacernos es: ¿qué ocurre ya no solo con la experiencia temporal del sujeto en cuanto a lo que le rodea y sus pautas de vida, sino a la forma que tiene de organizar su vivir y que tiene de narrarla? ¿Y, también, qué tipo de ética personal conlleva esa forma de vivir la temporalidad y en qué sentido ello es determinante? Es en este punto donde entramos de lleno en la tematización de la temporalidad de los pensadores contra los cuales va a pensar Eloy Fernández Porta. El escenario que quiero que imaginemos no es original, ya que lo hallamos en Homo Sampler, y además está descontextualizado y no va a estar descrito con la misma exactitud con la que se describe en el mencionado libro, pero es tremendamente pedagógico para el objetivo que nos hemos marcado. Este es el siguiente: un partido de tantos que se celebran durante la temporada de la liga nacional de baloncesto norteamericano (NBA). Desde que empieza hasta que acaba un partido de este deporte en el señalado país todo es histeria, locura y espectáculo. Tanto los jugadores como los asistentes son plenamente conscientes de que cualquier cosa puede suceder en cualquier momento, y que cualquier instante es oportuno para que el show continúe hacia delante. El culmen del desvarío, como bien nos dice Fernández Porta, se alcanza en el momento de la canasta en el preciso instante en el que suena la bocina (buzzer-beater) (Fernández Porta, 2008). La noción fundamental para dar cuenta de esta forma que tiene el sujeto de vivir el tiempo y de relacionarse con él es aquella que puso encima de la mesa mi compañero Álvaro Gómez en su exposición sobre Bauman al interior del panel cerrado del congreso celebrado en la ciudad de Murcia: el instante. El tiempo, aquí, es concebido como un permanente devenir de instantes; se trata, pues, de un tiempo punzante, de una eterna sucesión de presentes cuya renovación es permanente. No hay, pues, desde este punto de vista, ninguna atadura ni ningún compromiso posible, ya que no existe algo así como la pausa o la posibilidad de pensar a largo plazo. (Si se están apercibiendo de que el asunto va declinando, pretendidamente, por cierto, en una reflexión sobre el sujeto y su forma de vida, entonces estamos captando de manera correcta el tono). Al interior de esta concepción nos encontramos con subjetividades hedonistas (en su acepción despectiva), deseantes polimorfamente (Fernández Porta, 2012), que gozan a través de los objetos que consumen arrasando, si es necesario, con todo a su paso. En este mundo del “todo vale”, superficial, de idiotas, cualquier cosa está a la misma altura que otra y todo es inmadurez e infantilismo. A la temporalidad del partido de NBA le corresponde, pues, una ética que bien puede ser designada “del minuto loco” (Fernández Porta, 2010).

Podemos ahondar un poco más en el análisis de los sujetos regidos por la temporalidad al interior de nuestras sociedades haciendo uso del esquema sujeto-objeto. Una de las formas más habituales que los pensadores de nuestra sociedad han tenido de dar cuenta de las relaciones intersubjetivas ha sido mediante la extrapolación del modo en que un sujeto se relaciona con lo que consume a su trato con los demás seres humanos de su alrededor. En este sentido, nos hallamos, en sintonía con todo lo formulado hasta ahora, con un consumo de usar y tirar, cortoplacista, que carece de importancia, de compromiso y de ataduras. Volvemos a ver que los sujetos en este marco que estamos dibujando carecen lealtad, esfuerzo y sacrificio; son capaces de romper con una relación de pareja de la misma manera que lo son de tirar un chicle después de masticarlo un poco; igualmente, pulsan al delete de sus vínculos afectivos de la misma forma que tiran a la basura un zumo bifrutas después de ingerirlo y dejarse el último sorbito en su interior; borran lo que quieren de su círculo intersubjetivo igual que eliminan sus e-mails indeseados de la carpeta de Spam (Fernández Porta, 2012). “Dadles suero-oral a estos nuestros sujetos que lo sólido no lo digieren, por favor”, nos diría algún reputado sociólogo humanista, pipa en mano, desde este punto de vista. En fin, y en este mundo “de comida rápida, juicios rápidos e historias de una sola noche” (Fernández Porta, 2012, p. 164), ¿qué decir de las relaciones personales? Parece que, igualmente, como se indicó en el cuestionario introductorio al presente apartado, hay “una falta de contacto cada vez mayor” y “somos solitarios en contacto permanente”. Las relaciones tête à tête, cara a cara, personales, así como los espacios de intimidad, ha(n) desaparecido.

Aquí concluiría el dibujo del marco teórico al que se va a enfrentar Eloy. Podemos sintetizar lo expuesto, por mor de la claridad, en cuatro puntos fundamentales: la temporalidad y la ética del minuto loco; el sujeto deseante en forma de perverso polimorfo; el trato del sujeto con los objetos y el declive de las relaciones personales. Todos ellos, en la forma en la que lo hemos caracterizado, vendrían a ser, por emplear una terminología semejante a la de Fernández Porta (Fernández Porta, 2001), las caras A del análisis del capitalismo, ya que son las más famosas, contra las cuales el ensayista catalán va a poner encima de la mesa las caras B: esto es, análisis de nuestro tiempo desde el punto de vista de la lógica cultural y el trato intersubjetivo quizá no tan evidentes y más anti-intuitivos, pero no por ello menos verdaderos. A continuación expondremos punto por punto las cuatro caras B, haciendo una crítica particular a cada una de las tesis mainstream a las que hemos aludido. Una vez cumplido con tal acometido, trataremos de dar cuenta de la manera en que dichas caras B se relacionan con las A, para, finalmente, explicitar la crítica general de Eloy Fernández Porta a los pensadores humanistas.

 

3. Las caras B del análisis del capitalismo y la subjetividad: críticas particulares a las tesis de los pensadores humanistas.

Comencemos por el principio, esto es, con la noción de temporalidad. Volvamos, de nuevo, a nuestro partido de NBA. En los partidos de baloncesto norteamericano, nos dice Eloy, no solo nos encontramos con la ética del minuto loco en el que reina, si se quiere, la locura colectiva. Para nada: después del match llega la rueda de prensa, la cual es obligatoria, por cierto, para todos los jugadores por contrato. La pregunta es: ¿sigue el personal rigiéndose por esa misma irracionalidad y exaltación al interior de la misma? Y la respuesta, como es obvia, es negativa. Frente al goce eterno, el hedonismo y, por qué no, la histeria, en los discursos de la rueda de prensa nos hallamos con el temple, la calma y la racionalidad. En la comparecencia pública de los jugadores de baloncesto ya no ha lugar para una mentalidad cortoplacista fruto de la hiper-aceleración, con todos los valores que ello conlleva y que hemos tenido la oportunidad de describir, sino que, lo que hay, es una apelación al futuro y al rendimiento a largo plazo. Así pues, frente a una temporalidad que es vista como una sucesión de instantes locos, nos hallamos con el culto al esfuerzo, a la perseverancia y la entrega del día a día: nos hallamos, en definitiva, ante una ética ya no de la locura, sino civilizada.  De la misma manera que no solo existe un sujeto consumista de la manera en que se vino a caracterizar ya desde Lyotard: esto es, el sujeto deseante perverso polimorfo, que vendría a consumir sin criterio ni distinción alguna. No nos hallamos solo, y puede que ni siquiera sea mayoritario (ni en nuestros modos de vida, en foro interno, ni en el conjunto social) con sujetos-Charlie-Sheen o sujetos-Froilán, entendidos éstos como tipos ideales; también hay sujetos guiados en su conducta de consumo y en sus modos de vida por valores que son aceptados y respaldados por una mayoría social. Sujetos, por lo tanto, regidos por lo que Eloy Fernández Porta ha venido a llamar el Consenso Nacional Deseante (CND): la opinión mayoritaria (y sus intuiciones morales y axiológicas) te señala y te dice que actúes y consumas conforme a determinados patrones que apuntan hacia la forma correcta de desear (todos aquellos relativos a la buena ética familiar, amorosa y laboral). Si lo haces, el ciudadano demócrata-democool que cree en y se entusiasma con la tercera vía giddensiana, lo celebrará y lo aplaudirá, como ocurre en el caso del sujeto-Rafa-Nadal y su novia de siempre, cuyos poderes son inescrutables para el común de los mortales (¿¡por qué c*** sigue con ella después de tanto tiempo!?), y sus amigos de toda la vida (BFF) (Fernández Porta, 2012).  

Centrémonos ahora en el tercer rasgo citado, a saber, la subjetividad en relación con el binomio sujeto-objeto. Vimos cómo desde la postura de los sociólogos a los que se va a enfrentar Eloy Fernández Porta se extrapolaba un modo de consumo de los objetos al trato intersubjetivo. Este tipo de análisis es especialmente recurrente en uno de los pensadores en los que nos íbamos a centrar: Zygmunt Bauman. Eloy Fernández Porta pone sobre la mesa, para empezar, tres objeciones importantes (Fernández Porta, 2012): La primera de ellas tiene que ver con los casos de estudio a los que suele acudir Bauman para contrastar sus teorías: estos suelen estar sacados de prensa de primera línea, en la que no hallamos otra cosa que “documentos de barbarie sentimental” (Ibid., p. 166) que no tocan con toda la realidad social y que muchas veces ni siquiera son representativos de la misma. La segunda es una de tipo teórico, y tiene que ver con un presupuesto manejado por el propio Bauman. Pareciere que este pensador y sociólogo considerase que, per se, lo más sensato es mantener relaciones a largo plazo y hacer lo que sea para que perduren; o, expresado con otras palabras, de forma negativa, que no hay posibilidad de cortar con una relación o con un vínculo en un momento determinado y que ello a su vez sea maduro. En tercer y último lugar, y ello nos conecta con el análisis que va a servir de contrapunto al de Bauman, este sociólogo solo está mirando a un conjunto muy determinado de objetos de consumo dentro de todo el abanico que hay y de la variedad de transacciones financieras posible. Zumos, chicles, parches, tiritas, hamburguesas, condones… estos son los objetos en los que parece detenerse Zygmunt Bauman. ¿Pero qué ocurre, por ejemplo, con un fenómeno tan central y que tanto ha interesado en su producción teórica a Eloy Fernández Porta (después tendremos oportunidad de decir algo más de ello), esto es, las hipotecas? El pensador barcelonés sentencia, categóricamente, para ilustrar uno de los errores teóricos fundamentales de Bauman: “este filósofo habla de zumos como si fuesen hipotecas” (Ibid., p. 161).

 El análisis alternativo, la cara B del binomio sujeto-objeto en el sentido preciso en el que aquí lo estamos empleando, vendría a ser expuesto y desarrollado, en opinión de Eloy Fernández Porta, por el escritor y crítico literario ciberpunk Bruce Sterling (Fernández Porta, 2012). Sterling pone el acento en el trato con los objetos en nuestro presente: ¿responde toda nuestra relación con ellos al modo de describirlo de pensadores y sociólogos como Zygmunt Bauman? ¿es todo nuestro trato con los objetos de consumo un trato de tipo cortoplacista, sin compromiso y sin importancia? Como hemos dicho, si hablamos de zumos de naranja o chicles que no sean Boomer quizá, pero si atendemos al devenir general de la fabricación y venta de productos es algo que no se sostiene. Muchos de los objetos hoy en día vienen a ser definidos por su ergonomía, elegancia, blandura, uniformidad, de tal manera que parece que los propios artefactos nos hablan, demandan atención y cuidado. Las cosas, parece, quieren algo con nosotros e, igualmente, muchas empresas (el caso de Apple me parece uno de los más notorios a este respecto) nos exigen fidelidad y lealtad a su marca. El ejemplo en el que más ahonda Fernández Porta, siguiendo al escritor Germán Sierra, son los electrodomésticos (Fernández Porta, 2012), aunque también podemos pensar en la íntima relación que los Homo-Metesaker mantienen con sus objetos predilectos, los automóviles.

Nos queda un punto de los cuatro en los que hemos sintetizado la perspectiva de los sociólogos y filósofos mainstream. ¿Qué tiene que decir Fernández Porta ante el declive de las relaciones cara a cara, de la pérdida de la intimidad, del asalto a los vínculos personales? Como este es un tema que también requeriría un articulo entero para explicarlo (como mínimo), y lo que me interesa es que acabemos viendo cuál es la crítica general a todo este tipo de sociólogos, pasaré de soslayo por algunas claves de su pensamiento a este respecto sin ahondar demasiado en ello. (Sobre la doctrina de lo personal frente a la doctrina de lo relacional en el capitalismo tardío recomiendo el artículo ya mencionado de Héctor Tarancón) (Tarancón, 2015). Fernández Porta, como antiesencialista declarado que es, va a enfrentarse al paradigma que defiende las relaciones personales. Por ellas podemos entender un tipo de vínculo que es “privado, íntimo, presencial, basado en el trato cara a cara, continuo, intenso, activo, con complicidad afectiva, con numerosísimos implícitos y presupuestos discursivos, único, relativamente sólido, fundado en la empatía psicológica, complejo”, y cuyo objetivo es “ser querido” (Fernández Porta, 2012, p. 27). Esta doctrina fue defendida desde pensadores de la Escuela de Frankfurt (en concreto, Eloy se centra en la tematización de Walter Benjamin), a la vez que diagnosticaban que se estaba produciendo un asalto a la misma. Pues bien, el pensador barcelonés, como un buen arqueólogo del pensamiento, va a desmontarla y va a venir a decir que ésta fue naturalizada por el mencionado pensador (y tantos otros). La doctrina de lo personal, tal y como la caracteriza Benjamin, con su recorrido hasta autores de la actualidad, vendría a ser una naturalización de su posición de clase y completamente dependiente de sus condiciones materiales de vida. Pero Eloy no se queda ahí, puesto que tomará a Benjamin como caso y trasladará su concepción a la contemporaneidad, para mostrarnos lo que, en realidad, es lo más relevante para el cometido que tenemos en el texto presente: a saber, que lo personal está completamente impregnado de criterios relacionales o, si se quiere, que está completamente media(tiza)do. ¿Coincide entonces Eloy Fernández Porta con los sociólogos a los que parecía enfrentarse? Para nada, por varias razones: La primera, y la más fundamental, porque no esencializa ni naturaliza las relaciones personales ni cree que haya algo así como una pureza en este tipo de vínculos. Lo segundo, porque, pese a diagnosticar que efectivamente lo personal está siendo invadido por lo relacional, su evaluación al respecto no es negativa ni nostálgica (¿nostálgica de qué? ¿de un tiempo en que lo personal solo era una preocupación de gente adinerada y burguesa? ¿de aquel tiempo en el que las mujeres no tenían ni siquiera derecho a una habitación propia?). De hecho, la tesis de Eloy Fernández es, aunque arriesgada, firme al respecto; yo la sintetizaría en algo así como lo que sigue: la doctrina de lo personal, hoy en día, tiene su asiento material en el fenómeno de las hipotecas basura, mediante las cuales se intentó democratizar. Ella, además, contiene lo peor de las relaciones humanas o está completamente impregnado de criterios relacionales; así que, Eloy Fernández concluye, “no, no es mejor ser querido (personal) que ser reconocido (relacional)”. Esta sería parte de la correspondiente cara B de las reflexiones de los sociólogos contra los que Fernández Porta piensa. La parte restante la retomaremos un poco más adelante, en el contexto de la evaluación general que Fernández establece al paradigma de pensamiento humanista.

4. Resignificación de las caras A a partir de las caras B del capitalismo y crítica general al pensamiento humanista.  

Por ahora nos urge evaluar, tal y como anticipamos, la relación que se da entre una y otra esfera, la cara A y la cara B, pues a primera vista, y desde un punto de vista analítico, parecen excluyentes. Pero solo a primera vista: lo que Fernández Porta nos va a mostrar es que estas dos esferas están relacionadas desde el punto de vista del mercado y se viven tensionalmente en el propio sujeto. Por ejemplo, desde el punto de vista de la temporalidad, lo que nos ha enseñado el ejemplo de la NBA es que por una parte debemos ser unos competidores feroces que viven cada instante como si fuese el último, pero que a su vez hemos de adoptar una perspectiva de largo alcance temporal en la que pongamos en primer plano valores nobles como la constancia, la perseverancia y el esfuerzo. La subjetividad, desde este punto de vista, por lo tanto, se conforma en el cruce entre estas dos esferas: no se puede ni vivir demasiado del presente, ni tampoco vivir demasiado del pasado (Fernández Porta, 2008): “Existir en estos tiempos implica actuar siempre en pleno minuto loco como si la suma de esos instantes fuera un tiempo de promisión religioso (…) sin dejar de comportarse de manera cívica y pía” (Fernández Porta, 2008, p. 156). De la misma manera, la figura de un sujeto que consume sin escrúpulos ni criterios, hedonista, frente a un sujeto regido por valores aceptados por una mayoría social o que se guía en su consumo por una racionalidad parcial, no son excluyentes, aunque a día de hoy, el segundo esté ganando terreno al primero. El hecho de que no sean excluyentes y que el perverso polimorfo y el CND sean tipos ideales en torno a los cuales realizamos transacciones financieras (Fernández Porta, 2012), y que por lo tanto apunten al mismo target, esto es, un sujeto, hace, de nuevo, que la subjetividad se conforme de manera tensional.  Donde mejor se ve esta tensión es en el consumo de dos tipos de películas en las cuales, por cierto, en ninguna ocasión es el propio sujeto quien las consume, sino otro: a saber, el cine infantil (paradigma de los buenos valores ya que remite a la ética civilizada) y el cine porno (paradigma de la perversidad polimorfa) [2].

Pareciere que entre lo personal y lo relacional no hay relación posible, ya que una le ha pisado definitivamente el terreno a la otra, en este mundo de los metamedia. Pareciere, pues, que el análisis de Eloy en torno a lo personal desmontara definitivamente dicha doctrina. Quizá a nivel analítico o teórico sí, pero en el imaginario social sigue muy presente. Además, y quizá precisamente por eso, lo personal es, en nuestro presente, “el «ingrediente natural» a partir del cual puede construirse un proceso comercial (…) Advertencia al consumidor: Este producto puede contener trazas de vida personal”. (Fernández Porta, 2012, p. 41).

Un rasgo del capitalismo a partir del cual piensa estas tensas relaciones Eloy Fernández Porta e, igualmente, a partir del cual critica a los sociólogos humanistas viene a ser resumido en el anteriormente citado concepto “capitalismo emocional”. Este término pretende apuntar a un rasgo esencial de nuestro sistema desde un punto de vista cultural y relacional: a saber, que este se ha tornado en una máquina productora de subjetividades y, a su vez, ha generado la cultura emocional más potente y jamás imaginada hasta la fecha. ¿Debemos, entonces, evaluar este hecho en términos meramente negativos? Desde luego, no es lo que Fernández Porta propone, y ello tiene que ver con su antiesencialismo metodológico. Hacer una evaluación de ese tipo sería suponer que hay un yo, original y puro, que estaría siendo alienado o coartado por la máquina productora de subjetividades que es el capitalismo. Además, una evaluación de ese tipo implicaría caer en lo mismo que Eloy Fernández Porta va a criticar a los sociólogos a los que ya hemos hecho alusión en repetidas ocasiones: esto es, en la Falacia de Jano, la cual consiste en mirar el pasado de forma idílica y nostálgica mientras se mira el presente con ojos sociologistas, tomando un rasgo de cada uno de ellos como representativo de los mismos (Fernández Porta, 2012). Este esquema es el que seguiría Bauman en su análisis de las relaciones humanas siguiendo el esquema sujeto-objeto y estableciendo el contraste entre la liquidez del presente y la solidez del pasado. Desde un punto de vista aún más general, sería el esquema que subyace al tono general del análisis de nuestro tiempo que hemos caracterizado en párrafos anteriores, el cual está presente no solo en Bauman, sino también en Byung-Chul Han.

Podemos decir algo más contra los sociólogos y filósofos humanistas de las relaciones personales. Lo primero y más evidente a la vista es que todos ellos parecen adoptar el rol de cura. Lo que este concepto significa en nuestra crítica a los sociólogos de este calado se puede explicar a partir de dos variables. La primera sería la moralización: en este sentido, es significativo que las reacciones ante el pensamiento de estos analistas suelan ser del tipo “qué malos somos”, “ya no quedan valores”, “antes se vivía mejor (introduzca un adjetivo similar si se prefiere)”, etc. La manera que ha tenido Eloy Fernández Porta de sortear este tipo de malos hábitos en sus análisis es muy marxista: esto es, mediante la aceptación de que en nuestro sistema capitalista existen dinámicas que no responden a las voluntades de los sujetos y que no pueden ser modificadas por su propia iniciativa individual, algo que recuerda tremendamente, al menos en parte, a la concepción de Marx de las dinámicas sociales. La segunda variable tendría que ver con el lugar desde el que hablan los analistas de las relaciones humanas humanistas: el tipo de discursos que adoptan da la sensación de que siempre hablan desde otro lugar, ya sea aquel que les permite ver la liquidez de las relaciones sin estar involucrado en ellas o algún tipo de modo de vida más lento e idiota gracias al cual pueden diagnosticar la hiperaceleración e hiperexplotación del sujeto sometido a una temporalidad alocada sin verse demasiado atrapados por ella. Para resumir: esta variable estaría compuesta de un afuera (una Atalaya o, como Lukács diría de la Escuela de Frankfurt, el Gran Hotel Abismo) que además es vertical (ya que se establece una jerarquía).

La última y gran crítica de Eloy Fernández Porta desde un punto de vista general a los sociólogos humanistas tiene como punto de partida el éxito de ventas de sus libros. Es por ello por lo que decidió designar la producción de estos sociólogos mainstream como “esencialismo blockbuster”, concepto que puede ser definido de la siguiente manera: “el uso publicitario de criterios antimodernos en el contexto de una estrategia de venta de productos culturales” (Fernández Porta, 2008, p. 159). Y es que, como apuntamos al principio, la más importante relación de ida y vuelta, de contraste aunque también de pertenencia, se da entre los diagnósticos de estos autores y la reacción de los lectores que consumen sus textos. Los sociólogos taquilleros y sus lectores venidos y por haber comparten, en verdad, un mismo mecanismo psicológico que está implícito en la figura del cura: a saber, el vouyerismo intelectualizado. “Quien cree vivir en el imperio de lo efímero se mostrará más proclive a evaluar sus propias decisiones emocionales como justas y significativas” (Fernández Porta, 2012, p. 167). Ello conlleva que los consumidores del humanismo, cuando reciben los diagnósticos de Bauman o de Byung-Chul Han, comparten sus diagnósticos en sus momentos más apocalípticos o sociologistas, pero acto seguido, al revisarse, ya sea a través de sus creencias o de sus vías de acción comprometidas, se ven a sí mismos desde ese afuera a partir del cual los sociólogos humanistas hablan. La aceptación de la pérdida de los valores, de la teoría de la liquidez, de la pérdida de relaciones serias y sólidas, es un buen paso previo para creer que uno mismo se está librando de toda esta corriente de cinismo, narcisismo y todo vale. En las relaciones amorosas, por ejemplo, la mejor forma de fundar una “relación Ribena” (dura, sólida, presumiblemente a largo plazo) (Fernández Porta, 2012) es entender que ésta resiste a la falta de ese tipo de relaciones. “No es fácil amar en tiempos de democracia, cuando la moral ha perdido toda su eficacia” (Joe Crepúsculo, 2014), asumimos, por una parte, en nuestro momentos sociologistas, para acto seguido, por otra, en nuestros momentos idealistas y psicologistas, pedirle a alguien que nos rescate entre “la corriente de gente, de una vida inofensiva, rodeados de almas vacías, de cuerpos llenos de almas vacías” (Miss Caffeina, 2016), o que sea con nosotros brigada entre toda esa gente que “siempre se aburre pronto de todo y que no acaba nunca nada” (MarxophoneDiscos, 2015). Podemos expresarlo de forma más percutiva: por debajo de la aceptación de análisis como el de Bauman o Han está inevitablemente presente un “yo me libro”, lo cual valida, de nuevo, la hipótesis de Eloy en torno a la figura del cura que estos autores adoptan.

Retorciendo un poco el diagnóstico podríamos afirmar, igualmente, que sus producciones participan del mismo mecanismo que tienen una cantidad importante de anuncios en nuestro presente: vendernos el ser, vida personal o, más claro y nítido, decirnos que somos especiales (Fernández Porta, 2012). No es baladí, en este sentido, que uno de los tweets más retuiteados de uno de los profesores de filosofía que más emplea la red social Twitter, Jorge Riechmann, sea el siguiente: “Peter Mathiessen dijo que “un hombre sale de viaje y es otro quien regresa”. Ésa es la experiencia que ha desaparecido en el tráfago de hipermovilidad de hoy (turismo incluido), donde cientos de millones de personas se desplazan constantemente sin que ningún encuentro los transforme”. (Riechmann, 2018). ¡A saber cuántos Erasmus, peña con amigos o amigas en otros países por asuntos laborale, interraileros, au-pair, caminantes de Santiago, mochileros de larga distancia, pijoteros trekkers, voluntarios en Nepal aunque solo sea un ratito, enamoradizos pro-AVE, fetichistas de algún lugar que nunca ha existido pero con el que siempre han soñado, sobre todo, fíjate qué casualidad, después de ver ochocientas treinta y siete películas de Hollywood y Antena 3, amantes de las lecturas de palmito y levantamiento axilar enmarcadas en alguna playa exótica, docentes que defienden el conocimiento y demás iluminados temporales por el estado mental «así es… ¡no como yo! ¡lo mío sí que es una transformación supercalifragilisticoespialidosa, sí señor, esto sí que es transformación y lo demás son tonterías!» habrán pulsado el botoncito del bucle en la red social del pajarito azul tras leer este tweet![3]

 

5. Coda final.

Eloy Fernández Porta suele defender un modo de recepción de los productos culturales en el cual se hable más de obras y no tanto de figuras, autores o pensadores, lo cual es coherente con el tratamiento que él hace de los mismos en sus ensayos. Quisiera coger el testigo de esta sugerencia y concluir con un pequeño balance crítico de su producción en lo tocante al análisis del capitalismo en relación con la subjetividad. Como puede resultar obvio, Eloy Fernández Porta me ha enseñado y me sigue enseñando mucho. Ahora bien, lo que quizá no lo sea tanto es el modo en que lo ha hecho, lo cual puede ser explicado mediante un cambio proposicional sencillo: por una parte, la más evidente, me ha enseñado a pensar con él; pero, por otra, aunque por ello no menos importante, me ha enseñado a pensar contra él, lo cual, por cierto, no es ni mucho menos negativo, aunque la opinión mayoritaria, aficionada a los ídolos, suela pensar lo contrario (soy de la opinión de que tomarse en serio a alguien implica someter a prueba férrea sus tesis hasta el final).

Así, se puede decir, siguiendo el tono general de este texto, que mi relación con Fernández Porta es de tipo tensional. Mi objetivo, en la presente coda final, será tratar de poner negro sobre blanco dicha tensión (por una más no creo que ocurra nada) e intentar explicar a qué responde. Para ello no puedo sino encarnar la lectura particular que he realizado de Eloy Fernández Porta: esto es, dar cuenta de la perspectiva desde la cual accedí a su pensamiento y el punto de vista que adopté al hacerlo. En todo ello trataré, en última instancia, de hacer llegar la tensión que yo he vivido al potencial lector de este texto, por lo que, advierto, lo que viene no tendrá un tono meramente explicativo, sino que, por el contrario, será más bien performativo y argumentativo. Ello es porque, aunque el acceso a Eloy Fernández Porta esté encarnado, creo que hay buenas razones para sentir la tensión que yo mismo he sentido al leerle.

Cada vez que me preguntan por mi acceso a los problemas de nuestro presente, los cuales pueden ser resumidos bajo el nombre de “capitalismo”, algo a lo que, intelectualmente, soy sensible (como soy filósofo profesionalizado este tipo de cosas nunca está de más aclararlas), decía, cada vez que me preguntan por ello, o que yo hablo del tema sin que me pregunten, suelo responder de una manera parecida, sobre todo si mi auditorio no quiere que me ande con monsergas, y todas mis respuestas acaban compartiendo un mismo denominador común, pese a lo que pueda parecer por el final del anterior apartado: el activista ecosocial, filósofo, profesor de ética y ensayista, Jorge Riechmann. Lo que el profesor Jorge Riechmann me ha enseñado y me enseña a mí y al grupo de investigación con el que trabajo asiduamente, Lapicero Blanco (www.lapiceroblanco.com), sí que no podría explicarse en un artículo, ni siquiera en un libro de bolsillo. No obstante, para la empresa que queremos acometer, sí que pueden subrayarse dos características que en opinión de Riechmann (y la mía) cualquier buen análisis del capitalismo debe tener: la multidisciplinariedad y la mirada sistémica. Las dos, como puede intuirse, están íntimamente entrelazadas: si no escuchamos a intelectuales de todo calado, como el profesor Riechmann hace, al trabajar con biólogos, economistas, filósofos, físicos, sociólogos y psicólogos, entre muchos otros, entonces no seremos capaces de interrelacionar esferas del fenómeno tan complejo que es el capitalismo (algo que, cabe recordar, es mucho más que un sistema económico). Al interior de este marco la cuestión de las subjetividades, la lógica cultural y la reflexión sobre la condición estética (por designarlo de alguna manera) creo que son elementos centrales que no pueden ser soslayados. Y es aquí donde entra en mi formación intelectual Eloy Fernández Porta, puesto que en su momento me pareció que de él aprendería cosas que antes no conocía sobre la lógica cultural del capitalismo y, más en concreto, sobre las emociones y la comunicación al interior del mencionado sistema. Y, por si esto fuera poco, al leer la sinopsis de sus libros en las contraportadas tuve la intuición de que su forma de abordar dichas cuestiones iba a ser refrescante y novedosa. En todo ello acerté: Eloy Fernández Porta ha demostrado ser un gran escritor, un analista que se quita de prejuicios edadistas, románticos y patéticos, un agudo observador de los productos culturales de su presente y de la cotidianeidad de los sujetos al interior del sistema capitalista desde un punto de vista intramuros, etc. Además, después de haber recorrido con mayor o menor fortuna cada uno de sus libros, comienzo a entender la importancia de una tesis metodológica como la que siempre ha manejado Eloy Fernández Porta en su análisis de nuestro sistema: a saber, que ante nuestro capitalismo emocional hacen falta nuevas herramientas teóricas que nos permitan entender la cultura del mismo sin caer en la ya definida Falacia de Jano o, en términos menos ambiguos, sin caer en un reaccionarismo siempre indeseable. Esta es, efectivamente, una tentación que siempre deberíamos evitar.

No obstante, y es aquí donde entra de lleno lo que el profesor Jorge Riechmann me ha enseñado, creo que hay otras tentaciones que también deberíamos sortear y de las que no estoy seguro si Eloy Fernández Porta consigue hacerlo. Y es que, aunque Fernández Porta no haya caído en el reaccionarismo en sus ensayos, ni tampoco en el optimismo de su presente, como queda demostrado en varias entrevistas suyas así como en su propia producción, sí parece que el pensador barcelonés hablase desde un punto de vista bajo el cual estaríamos ante el mal menor. Dicho con otras palabras, pareciere que Fernández Porta adoptase un tono tal que se imagina el fin del mundo antes que el fin del capitalismo -parafraseando la famosa cita de Jameson-, lo cual es también una tentación facilona que debemos evitar. Los problemas de índole ecológico-social nos demandan no solo herramientas como las que nos exige Eloy Fernández Porta, sino también aquellas que nos puedan proporcionar un buen diagnóstico de nuestro presente e imaginar transiciones hacia un mundo que no esté regido por las coordenadas del capitalismo, lo cual significa, expresado de forma resumida, un mundo que se mueva entre el suelo social y el techo medioambiental. Si no lo hacemos de esta manera, nuestro mundo dejará de ser el que es igualmente, aunque el escenario, casi seguro, no le gustará a prácticamente nadie (si es que queda alguien para contarlo).

Eloy Fernández Porta adopta un tono intramuros, tratando la cultura de su presente sin tener en cuenta la urgencia eco-social de nuestro momento. En este sentido, su análisis me parece insuficiente. La mejor forma de ilustrar esta insuficiencia es mediante un ejemplo extraído de unas páginas de Homo Sampler en las que Fernández Porta habla sobre el ecologismo. En concreto, allí, aborda la cuestión de la integración del ecologismo al interior del capitalismo, trazando un pequeño recorrido histórico en el cual se ilustra cómo el discurso ecologista fue absorbido por éste, lo cual tiene conexión directa con la importancia del consumo por razones morales en nuestro presente. En ese mismo tramo del libro, el pensador barcelonés aprovecha a atacar los discursos primitivistas y románticos que rodean tanto al ecologismo como al capitalismo verde. Hasta aquí todo correcto: es un fenómeno harto conocido por muchos intelectuales esta cuestión de la integración del discurso ecológico al interior del imaginario capitalista; además, yo, personalmente, también detesto el ecologismo que trata de que nos reencontremos con Pachamama. Pero que todo ello sea cierto, y que sus críticas sean legítimas, no quiere decir que nos debamos quedar en ese punto; sin embargo, es algo que Fernández Porta sí hace. Esto es, que el capitalismo se haya disfrazado de verde no quiere decir que no debamos hacer caso a las investigaciones y propuestas teóricas de al menos una parte del movimiento ecologista: de hecho, si lo hacemos, probablemente lleguemos a la conclusión de que tomarse en serio el ecologismo implica necesariamente ser anticapitalista.

Que Eloy Fernández Porta no sea un opinador no quiere decir que mantenga una neutralidad axiológica en sus ensayos. Nada más lejos de la realidad: su propia escritura ya es en sí misma reivindicativa, y con ella ataca a muchos lugares comunes de la crítica cultural que son indeseables. Además, Fernández Porta ha sido muy sensible en sus textos a la literatura feminista y ha hecho suyos muchos análisis de ese movimiento social. Y es en tanto que no mantiene una neutralidad valorativa en tanto que puede ser criticado, porque, si bien es importante hacerse eco del feminismo (y en parte del marxismo) para analizar el presente, también lo es igualmente hacerse eco de otros movimientos más próximos al ecologismo, los cuales nos intentan mostrar la situación de urgencia eco-social en la que vivimos en nuestro presente. Una situación de urgencia que no podrá ser encarada si cortocircuitamos, como Eloy Fernández Porta parece hacer en algunas entrevistas o en algún tramo de su libro (estoy pensando en el final de Emociónese así), la posibilidad de la esperanza o si, empleando terminología old-school pero pedagógica, al fin y al cabo, damos una carga en nuestros análisis casi entera al polo objetivo frente al subjetivo. Desde este punto de vista podemos replantearnos, igualmente, si los sociólogos mainstream venden única y exclusivamente por las razones que hemos mencionado, las cuales pueden ser resumidas bajo el concepto de “esencialismo blockbuster”. ¿Cómo se explicaría, entonces, que alguien como Riechmann vendiese menos que ellos si muchas veces podría ser acusado de compartir los mismos presupuestos en algunas de sus reflexiones que Bauman o Han? Quizá haya una razón adicional: que la lectura de todos ellos, lo cual me devuelve a la gente implicada en el cuestionario, conlleve, al fin y al cabo, dejar las cosas tal y como están. Si esta hipótesis fuera cierta entonces Eloy Fernández Porta estaría siendo el remedio a la vez que la enfermedad, o, con otras palabras, estaría participando de aquello que él mismo critica, pese a que toque con más realidad social que los autores humanistas. Sea como fuere, sigo defendiendo que hay que leerle, aunque mejor si es de manera tensional y pese a que ello incrementaría el éxito de sus ventas.

 

[1] El presente artículo tiene como origen una comunicación que presenté en el panel cerrado “El sujeto revis(it)ado: capitalismo y postmodernidad”, conformado éste por mis compañeros y amigos Jesús Pinto, Sergio Martínez, Mª Isabel Gallego, Elena Yrigoyen y Álvaro Gómez. Dicho panel estaba inscrito, a su vez, en el LV Congreso de Jóvenes Investigadores en Filosofía, cuyo emplazamiento fue en la ciudad de Murcia. Quiero aprovechar esta pequeña nota a pie de página para agradecer tanto a mis colegas como a los organizadores del Congreso la magnífica experiencia que tuve el honor y el placer de disfrutar, y lo mucho que he podido aprender de ella.  Agradecer igualmente las lúcidas intervenciones en la mesa redonda de Diego Zorita (UAM) y Alonso Marroquín (UAM) y, por último, expresar mi deuda con mi amigo y referente Waldo Espinosa (SUNY ONEONTA) en lo tocante a la presentación final del presente texto.

[2] “…las películas infantiles se compran porque lo exigen los hijos; el cine equis, porque lo piden los bajos instintos” (Fernández Porta, 2012, p. 91)

[3] Las respuestas del cuestionario: a1, b3, c1, d1, e3. 

 

  

Bibliografía

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